En los últimos 18 meses de mi vida
(aproximadamente) me he vuelto un enfermo de las estadísticas futbolísticas,
con el tema de Comunicaciones FC como objetivo principal. A lo largo de todo el
2013 fui un asiduo cliente de la
Hemeroteca Nacional Lic. Clemente Marroquín Rojas, al extremo que los
colaboradores me llamaban “Harry” como suelen hacerlo en muchas partes.
Era un viernes tres de enero de 2014, me
dispuse a manejar rumbo a la Hemeroteca Nacional. No enterado estaba que por
falta de personal debido a las vacaciones, la Hemeroteca cerraba de 12:00 a
13:00 horas. Así que tuve que esperar alrededor de 40 minutos para que fuera
abierta por segunda vez en el día. Revisé unas cuantos periódicos de 1978 y me
marché.
Manejaba por la cuarta avenida de la zona
1, rumbo a la Plaza El Amate. Entre la 15 y 16 calle el congestionamiento de
todos los días, cortesía de los Transurbanos y buses se hacía presente. Eso sumado
al semáforo de la esquina, creaba un pequeño caos. En el caos pasan cosas…
***
Martínez caminaba por la acera de la cuarta
avenida de la zona 1. Por encima de su hombro observa a dos personas recibiendo
el menú del día de Pollo Pinulito, un
momento más, piensa. Martínez mira por el vidrio delantero unos auriculares
blancos: son Apple, es un iPhone.
Tiembla, tiembla más. El corazón le palpita
mucho, no sabe qué hacer. Sabe que lo que pasa por su cabeza, no es lo mismo
que su corazón quiere, ni mucho menos lo que está correctamente visto por la
sociedad. Si está la yuta por acá ya valí,
analiza, ¿y si está armado?
***
Sabía de la situación de los robos de
celulares a lo largo y ancho de toda la Ciudad de Guatemala, sin embargo,
siempre creí estar cubierto de esas fuerzas oscuras. En todas mis aventuras a
la Hemeroteca preparaba mi BlackBerry Curve sin batería (dos monedas de Q0.25 y
mucha plastilina para que el pesor sea el mismo), sin embargo ese día, mi
coartada no estaba lista.
Un tipo alto, moreno, con chumpa de cuero y
vaqueros oscuros caminaba por la banqueta. Lo observé, pero nunca creí que iba
a querer el iPhone que mis padres me regalaron para mi 18 cumpleaños. El tipo
por un momento se desapareció de mi vista, para luego volver a la escena y
volverse ante mí y mi automóvil:
—Dame el celular, hijoeputa—grita Martínez.
Por mi cabeza pasan muchas cosas. Aunque siempre
esperé que ese primer asalto fuera distinto, tal vez dos motos, tal vez tres. Tal
vez un asalto en una caminata o por dejar mal cerrado el carro. No: me estaba
asaltando un tipo que caminaba por la zona 1.
Mi cabeza y mi vista se concentran en él. Está
nervioso, muy nervioso. Golpea el vidrio fuerte, me imaginaba que los golpes
serían más fuertes, el vidrio aguanta.
—Dame el celular—insiste Martínez.
—Ya voy, tranquilo, ya voy—intento avisarle
—¡Apurate, hijoeputa!—me amenaza.
Retiro los audífonos al iPhone, los echo en
el sillón de copiloto. Cuando me doy cuenta, tengo el iPhone y el Curve en la
mano, dispuesto a dárselos. Lo arruiné,
pienso. Le estoy dando mis dos celulares,
supongo que yo estaba un poco nervioso también.
***
Martínez está asaltando un Mirage azul
oscuro, quiere un iPhone. Le pareció ver un iPhone 5, su corazón le dice que es
un 5S, su mente le dicta iPhone 4, su diablo interior lo hace pensar en un
iPhone 3, que no estaría mal, peor es nada. Dinero dan.
Sabe que está asaltando a un muchacho
joven, que estará cagado. También sabe
que está robando sin pistola ni cuchillo, que su masculinidad y sus insultos
podrán más que la amenaza de un arma de fuego. Que sus gritos pueden hacer
temblar al mismísimo creador.
***
Fue cuestión de un segundo o menos darse que
Martínez amenazaba con sacar un arma de su costado derecho, pero que era solo
una amenaza. Mi ángulo quedaba justo para darse cuenta que no tenía ni un
lapicero para amenazarme, que parecía un primerizo o bien, un ladrón de
ocasión.
Otro segundo tardé en levantar la vista y
darme cuenta que no había ni un solo carro frente a mí, ni siquiera una camioneta.
Sin pensar más aceleré, no sin antes sentir un golpe más fuerte al vidrio y un
intento desesperado por abrir mi puerta. Todo el carro estaba con llave.
Pude ver por el retrovisor que Martínez
levantó la vista a los cuatro puntos cardinales y salió corriendo. Rápidamente me
escabullí por donde pude con un iPhone y un Curve en mis manos.
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